este es el diario

de una madre, esposa, hija, hermana, nuera, tía, cuñada, amiga, trabajadora... que intenta seguir siendo y sintiéndose MUJER

jueves 24 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD

Desde hace muuuuuchos años preparo tarjetas para felicitar la Navidad a tooooodos los miembros de nuestra familia. Y toooooodos los años me pregunto cuándo me dará por terminar esta tradición que me he autoimpuesto-conmigo-misma, y que me tiene una tarde entera refunfuñando, es que son casi treinta tarjetitas. Aunque si soy sincera, en realidad me lo paso en grande eligiendo material y pensando en el diseño de cada año.
Desde que nacieron los peques, las hago más sencillas para que puedan ayudarme, aunque me quedo con las ganas, claro, porque estos dos chicotes tienen poca paciencia para estas cosas. Este año, al menos, he conseguido que mi hijo mayor se implique un poquito pegando los gomets de estrellas y bolas, más fácil imposible, y hasta parecía pasárselo bien y todo... ¿estará madurando?

mi único deseo para esta navidad y para el año que llega
que todos, todos seamos un poco más personas humanas
casi nada

martes 15 de diciembre de 2009

Las malas compañías

Sabía que esto tenía que ocurrir, tarde o temprano iba a pasar. Hasta el momento mi hijo se había librado, pero al final, la pandilla de indeseables ha terminado por dominar su cabeza y sorberle los sesos.
Gracias a que mi sobrina mayor ha pasado por lo mismo y alguna vez me ha tocado librarla de este tipo de amistades, tengo muchísima experiencia en estos menesteres y las malas compañías de mi hijo no me pillan de sorpresa, ya sé cómo actuar y lo que tengo que hacer. Esta partida sólo se gana siendo paciente, constante y meticulosa, y en eso no me gana nadie.
Cualquiera que no tenga hijos o que no haya sufrido esta situación estará juzgándome y pensando que soy una madre demasiado proteccionista, que debería dejarle tranquilo y que no es bueno que quiera librarle de esta panda de animales, pero yo lo siento mucho, los voy a perseguir y uno a uno iré acabando con todos ellos, me da igual que sean más grandes o más pequeños, podré con todos... no saben con quién se han topado, con mis hijos no se juega.
¡¡Mamá-piojo-killer está aquí!!
¡¡JA JA JA, acabaré con vosotros malditos piojos!!

viernes 4 de diciembre de 2009

Bétalo, el Señor de la Pecera


Pues sí, al final lo han conseguido.
Mira que son plastas el príncipe, el rey y el emperador de mi casa, pero han podido conmigo y eso que no soy chica fácil.
"Mami, quero pes, buaaaaa", y yo le contesto que los peces son animalitos que hay que atender y que nosotros no disponemos del tiempo que necesitan para cuidarlo.
"Maaaamiiiii, vamos a por un pez, venga vaaaa", y yo le repito pacientemente que no deberíamos tener un pez porque es una responsabilidad que no sé si alguien va a asumir.
"Cariño, ¿les compramos un pez?", a lo que ya respondo vencida y sin convicción "Oye, hacer lo que os dé la gana, pero el pez es vuestro, es vuestra responsabilidad, y lo cuidaréis vosotros".
Así que nos fuimos el domingo por la tarde y compramos el pez, un filtro, plantitas para la pecera, tierra para las plantitas de la pecera, bolitas de no-sé-qué para las plantitas de la pecera, comida para el pez, piedras decorativas y litros y litros de agua para llenar la pecera.
El mayor estaba super involucrado, lo miraba dulcemente y me decía que el pez se quedaba tranquilo cuando él estaba cerca.
El pequeño estaba encantado, algo estaba tramando porque tenía pinta de ir a espachurrarlo a las primeras de cambio.
Y mi marido ponía cara de estar empezando a arrepentirse, porque la gracia del pececito nos estaba costando una pasta.
Nos decidimos por un Betta macho (Luchador de Siam), son unos peces que viven en los arrozales asiáticos, que no pueden convivir con peces de la misma especie porque se pelean, ni con peces bordes de otras especies porque les comen la cola.
Los únicos animales que han entrado en casa fueron a traición. El primer Betta que tuvimos, Tiburón, me lo regaló una amiga de mi madre cuando nació mi hijo mayor, en un jarrón monísimo, con una planta estupenda, agua y el pez, sin instrucciones ni nada. Ni le dábamos de comer, ni le cambiábamos el agua, ni calentadores, ni filtros, ni nada de nada. A pesar de todo, el pez duró un montón de tiempo, hasta que llegó el invierno y murió, seguramente de frío. A mí me dio tanta pena que me negué en rotundo a tener otro. El segundo Betta fue una venganza de mi marido y mi hijo un día de verano que tuve que trabajar hasta bien entrada la noche, cuando llegué a casa tenía a Beta dándome la bienvenida. Escarmentados por el fracaso anterior, compramos una pecera, comida, mi marido cambiaba el agua de vez en cuando, hasta le compró larvas congeladas de mosquito (buaj, de sólo pensar que estaban en mi congelador, me entra repelús). Beta fue el pez viajero, porque era verano, nos íbamos de viaje y tuvo que cuidarlo media familia. Pero nada, llegó el invierno y lo mismo, pusimos un calentador para que no tuviera frío, pero estaba tan estresado que intentó suicidarse lanzándose desde la pecera (cerrada y todo) al suelo, mi marido lo rescató, pero al cabo de los días murió. A mí me dio una pena tremenda y dije que nunca más, que si no los podemos cuidar como es debido, no podemos tener ni animales ni plantas.
Pero no he cumplido mi palabra, ahora tenemos a Bétalo, el Señor de la Pecera (en plan Gormiti). Esta vez le hemos puesto de todo, pero algo estamos haciendo mal porque no lleva ni una semana con nosotros y ya parece enfermo. Yo creo que de esta semana no pasa.

ACTUALIZADO 7 Diciembre 2009.
Bétalo, el Señor de la Pecera, ha muerto.

domingo 22 de noviembre de 2009

Oferta de empleo

Se busca ingeniero en abrazos.
Con máster en mimos.
Experiencia en secar lágrimas a besos.
Se valorará título en idioma de las miradas.
Deseable conocimiento de caricias.
Se ofrece puesto para consultor emocional.
Incorporación inmediata. Urge.
Contrato por obra, hasta nueva sonrisa.
Retribución agradecimiento infinito.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Gran señora independiente

Mi hermana me llamó el sábado al mediodía para decirme que estaban llamando a nuestra tía desde el viernes por la tarde y no cogía el teléfono. En principio esto no suele ser motivo de preocupación, ya que mi tía es una mujer de ochenta y tres años, completamente independiente, que vive sola prácticamente desde siempre, sin hijos, en un cuarto piso de una de esas casas antiguas de la Ciutat Vella, sin ascensor, y a la que no le gustan ni las llamadas ni las visitas sorpresa, hasta tal punto que puedes llamarla o ir a visitarla, y ella, aún estando en casa, ni coge el teléfono ni abre la puerta, simplemente porque no le da la gana, ella entra y sale, se encierra en su palacio y hace lo que quiere, no da explicaciones a nadie, ni nadie se las pide. Es la vida que ha elegido vivir.
Conseguí unas llaves de su casa que tenía mi madre y me fui para su caserón. Por el camino iba dándole vueltas a lo que podía encontrarme cuando llegara. Lo peor que podía pasar es que estuviera muerta. Lo siguiente peor era que estuviera medio muerta desangrándose. Lo siguiente peor, que se hubiese dado un porrazo y hubiera perdido el conocimiento, pero sin sangre. Lo siguiente es que no le diera la gana abrir ni contestar, en su línea. Y lo mejor que podía haber pasado es que se hubiera ido a la calle para comprar los regalitos de mis hijos, porque esa tarde celebrábamos sus santos.
Y pensando todo esto llegué a su portal, subí los sesenta y siete escalones que hay hasta su casa, me detuve para recuperar un poco el aliento. Intenté abrir la puerta con las llaves. Imposible. Igual no funcionaban. Lo intenté con una tarjeta en plan ladrona de abuelas, más imposible aún. Estaba cerrada por dentro con un súper cerrojo gigante anti ladrones. Eso es que ella estaba en casa, mala señal. Llamé a la policía, tampoco pudieron abrir. La maquinaria de organización de mi familia se puso en marcha, mis hermanos de camino, mi cuñada a por mi madre, los niños repartidos. Las vecinas de mi tía subieron corriendo a curiosear y a decirles a los señores policías que se lanzaran por la fachada para abrir la ventana o algo así. Los policías muy amablemente escucharon la sugerencia, les explicaron que no tenían ganas de morir escachuflados y luego les pidieron silencio, parecía que se la oía, intentaba decirnos algo. La policía llamó a los bomberos. Llegó mi hermana. Los bomberos consiguieron meter el camión por la calle estrechita, subieron con la escalera y consiguieron abrir una ventana.
Mi tía estaba medio desnuda, en el suelo del comedor, desorientada, se había pegado un buen batacazo, tenía pinta de rotura de cadera. Por lo que pudimos deducir, posiblemente llevaba allí tirada cuarenta y ocho horas, deshidratada y con la glucosa por los suelos, al borde del coma. Se había arrastrado por media casa. Con hipotermia y también aterrorizada por las alucinaciones que estaba teniendo. Estaba viva. Vaya par de narices tiene mi tía, eso sí que son ganas de vivir.
Con los días nos ha ido contando lo que ocurrió, aunque debió tener unas pesadillas horribles y ahora no es capaz de distinguir la realidad de lo soñado. Piensa que los obreros entraron y reformaron la casa mientras ella estaba en el suelo, no reconocía nada. Que la chica que la ayuda es bruja, apareció flotando y que intentó matarla. Que un montón de duquesas y condesas han estado entrando en la casa para robarle el dinero y las joyas, si le tenían que robar, al menos que fuesen las señoras de la alta alcurnia, claro. No llamó a nadie por no montar el espectáculo y para que nadie la encontrara en ese estado, para coquetas, ella. Mientras estaba allí tirada se le ocurrió bajar las escaleras y pedir un taxi que la llevara al hospital.
Su vida tendrá que cambiar radicalmente, al menos de momento. Veremos si esta luchadora que tengo por tía es capaz de volverse dócil y por fin se deja ayudar. Yo me quedo con la lección de fortaleza que me ha dado, cualquier otro no habría sobrevivido.

domingo 1 de noviembre de 2009

Después de una mala noche

La otra noche mi marido pasó uno de sus cólicos nefríticos. Yo nunca he pasado ninguno, pero dicen que es un dolor espantoso, peor que un parto, y si además lo sufre un hombre hay que multiplicarlo por diez. Se podría decir que pasamos una mala noche, especialmente él, claro. A la mañana siguiente aún se encontraba un poco flojo, y se quedó en la cama. Pero la marcha normal de coles y trabajo no perdonaba, y los niños aún menos, así que me preparé para afrontar un día complicado.

Mi esfuerzo por prepararme para el largo día fue en vano, de hecho creo que empeoró las cosas, en cuanto desperté a los chiquillos, el pequeño me detectó cansada y demasiado empeñada en que todo fuera como la seda y decidió que era el día perfecto para llamar mi atención haciendo todas esas cosas que sabe que no debe hacer. Un día conseguiré encontrar el lugar en el que mis hijos guardan los detectores de mami a punto de estallar y los desconectaré. Así que hijo con ganas de cabrear a mamá y mamá con paciencia cero era la combinación perfecta para que la mañana terminara... un poco mal. Y eso fue lo que ocurrió.

El pequeñajo no quiso dejar a sus amigos en la cama, no quiso quitarse el pijama, no quiso vestirse, no quiso hacer pis, no quiso desayunar, no quiso recoger los juguetes, no quiso ponerse la mochila, no quiso dar un beso a papá, no quiso coger las galletas del almuerzo, no quiso salir de casa. Y yo no quise respirar hondo, ni contar de cero a cien al revés, ni sonreír, ni hablarle con calma, no tenía tiempo de dedicarme a convencer a nadie, hay días en que las cosas hay que hacerlas y punto. Por eso cogí en brazos a mi-niño-lágrimas-de-cocodrilo, berreando como si estuviese poseído y gritando “quiero un beso a papá, quiero un beso a papá”, le dije que mientras siguiera gritando y llorando yo no podía entender nada de lo que decía y no podría ayudarle, agarré al mayor de la mano, por suerte ese día no tenía el detector de mamá cabreada enchufado, y salimos pitando de casa.

Una vez dejamos al mayor en el cole y nos subimos al coche, el chaval empezó a tranquilizarse y quiero pensar que también empezó a recapacitar. Entonces fue cuando se dio cuenta de que no había cogido sus galletas del almuerzo. “Mamá, las galletas”, me pidió. “Cariño, cuando hemos salido de casa estabas llorando y gritando y yo no podía hacerte caso porque no entendía nada de lo que me decías, así que las galletas allí se han quedado, hoy galletas no, otro día sí”, le respondí, y él debió entenderlo estupendamente bien porque ni lloró ni nada, aunque también puede ser que empezaba a aburrirse de llevarme la contraria.

Cuando llegamos a la guardería le expliqué a la seño porqué no había traído las galletas del almuerzo, buscando un poco de refuerzo por parte de la profe. Después de escuchar la versión de lo ocurrido, la seño muy cariñosa, le dijo “No te preocupes de nada bonico, aquí en el cole tenemos un montón de galletas, toma guapo”, y delante de mis narices le ofreció dos galletas. El peque plantó una enorme sonrisa de oreja a oreja y las cogió con cara de triunfo. Yo me encendí, pero qué puedo esperar de unas profesoras que cuando les pregunto cómo puedo trabajar la autonomía del crío me responden que qué más quiero que haga mi hijo, si come solo y controla el esfínter, ellas se dedican a darle mucho cariño. De eso no me cabe la menor duda. El año que viene, cuando vaya al colegio de mayores, será otro cantar.

El caso es que la autoridad ante mi hijo quedó enterrada a cien metros bajo el nivel del mar. Mi confianza en las profes de la guardería sufría un nuevo traspié. La profesora se quedaba más ancha que larga. Mi hijo más contento que unas castañuelas, había conseguido no completar ninguna de sus responsabilidades de la mañana y de premio… galletas.

domingo 18 de octubre de 2009

Una de esas madres

Pues sí, para qué engañarnos, yo soy una de esas típicas madres gordas, no de las que se pasa todo el día comiendo patatas fritas sentada en el sofá ¡ya me gustaría a mí! Soy más bien una de esas madres gordas que van corriendo de un lado para otro y que cuando ya es demasiado tarde me doy cuenta de que no tengo nada para comer, así que paro en cualquier gasolinera y me zampo un paquete de papas y unas cuantas chocolatinas. El efecto en mi cuerpo es el mismo que si hubiese estado disfrutando del paquete de papas en el sofá. A otros les da por no comer, pero para mí los nervios y la ansiedad tienen salida a través del hambre insaciable. Siempre he pensado que debería adelgazar por cada vez que consigo vencer a la ansiedad, más que por lo que al final termino comiendo.

También soy una de esas gordas que mira a las delgadas con envidia, cuando las veo monísimas y tan arregladas, que en cualquier tienda encuentran su talla y se pongan lo que se pongan les sienta de maravilla. Pero que nadie se equivoque, no siento absolutamente nada de envidia de las mujeres huesudas y aún menos de las anoréxicas, que a mí una 42 me parece perfectamente delgada y me da un montón de envidia también. Y aún menos he criticado nunca a ninguna mujer por estar delgada, que sé que en la mayoría de los casos su esfuerzo les cuesta.

Aunque ahora que lo pienso, cuando en mi juventud vestía una 42 ya miraba a las mujeres delgadas con envidia, así que creo que no tiene nada que ver con que ahora sea más o menos gorda, y que lo tenga más o menos superado, sino que tiene más que ver con que he sido, soy, y espero dejar de ser algún día, una de esas mujeres atrapada por las modas que marcan las revistas, las noticias, los anuncios, las pasarelas, al fin y al cabo cuando era una cría estaba convencida que de mayor sería diseñadora de moda.

Andaba dando vueltas a toda esta mezcla de sentimientos y pensamientos al enterarme de la noticia del tipo ese que ha hecho esas declaraciones, cuando he ido a dar el beso de buenas noches a mis hijos, y el mayor me ha preguntado con toda su inocencia: ‘Mamá, ¿cómo se generaron las primeras personas?’ como si me estuviese preguntando que cómo se fabrica el jamón serrano. Evidentemente durante unas centésimas de segundo me he quedado completamente bloqueada, porque hacía un minuto yo estaba regocijándome en la desgracia de ser gorda y no poder luchar contra ello y ahora mi hijo me sale con una de sus preguntitas, que últimamente está sembrado. Así que le he contestado: ‘Hay varias teorías, cariño, pero ahora mismo no tenemos tiempo de hablarlo, que tienes que descansar, recuérdamelo otro día y te lo explico todo’. Su cara se ha iluminado de felicidad, tiene curiosidad infinita y estas conversaciones le encantan, así que estoy segura de que no se ha quedado aquí y volverá a la carga.

Dejo para otro momento el tema de la envidia cochina que siento de las mujeres estupendas, y me pongo a pensar de inmediato en las teorías que existen sobre cómo se generaron las primeras personas… voy a buscar en la wikipedia a ver qué pone.

martes 13 de octubre de 2009

Nena, felicidades

Muchos amigos me repiten que no paro quieta ni un segundo, pero al lado de mi hermana soy de lo más sosegada. Ella es como un polvorín, puede con todo, lo abarca todo, mi madre siempre dice que es un terremoto, un huracán que te arrastra, te lleva y te trae y luego te devuelve de regreso, como si nada hubiese ocurrido. Ella es un todoterreno. Yo soy un coche diesel. Ella es pura versatilidad. Yo soy la constancia.

Me gusta estar disponible para la gente que me pueda necesitar, sin embargo mi hermana es la persona más generosa que he conocido en mi vida. Tan generosa que es capaz de defender a capa y espada a personas que le han hecho daño. Se vuelca en ayudar a cualquiera que le insinúe que necesita algo de ella, siempre está haciendo favores a diestro y siniestro, y nunca pensando en recibir a cambio el mismo trato. Es capaz de complicar su vida para facilitar la de los demás. Ella se entrega sin condiciones. Yo soy prudente con mis propuestas.

Mi hermana también es frágil y yo la he visto romperse. Como cuando éramos unas enanas y después de lanzarle una silla a la cabeza intentaba chivarse a los papás. O cuando éramos adolescentes y la consolaba cuando me decía que nadie le quería. Cuando estaba asustada porque se sentía amenazada. O cuando se siente cansada por su anemia. Ella es la pequeña, aunque muchas veces parece la mayor. Yo soy la mayor y aunque me lleva la delantera en muchas cosas, nunca perderé el instinto de protegerla.

Los que nos conocen dicen que nuestra risa se parece un montón y entonces me veo reflejada en ella y me doy cuenta de lo fácil y contagiosa que es mi risa. Es la única persona en todo el mundo que ha conseguido sacarme de mis casillas. Ella es era la desastrada, yo la ordenada. La admiro profundamente por su fuerza y empuje. Habrá perdido cien llaves en su vida, yo ni una. Somos abiertas. Somos optimistas. Nos entendemos a la perfección, con pocas palabras, aunque nos encanta charrar por los codos. Si tengo que ir de juerga, prefiero que sea con ella, es más payasa como yo y no tenemos vergüenza de hacer el ridículo. Me hace reír. Después de pasar la tarde juntas, corriendo de un lado para otro con los niños, nos llamamos por la noche para poder hablar sin niños ni agobios del montón de cosas que se nos ha olvidado contarnos, criticar a unos y otros y después quedarnos tranquilas. Mi hermana es la que me recuerda las cosas que pasan a mi alrededor, los secretos de los amigos y de la familia, lo que no está en mi agenda lo olvido, ella se acuerda de todo.

A veces hablamos de quiénes son nuestros mejores amigos. Mi hermana siempre me enumera entre sus mejores amigos y se enfada porque yo no lo hago, pero es que no es mi amiga, es mi hermana, que está por encima de cualquier relación de amistad que pueda tener con cualquier persona del mundo mundial.

Mi hermana y yo somos tan diferentes como parecidas. Hoy es su cumple. Estas palabras sólo son su regalo, el presupuesto ya no me llega para los pendientes que me pidió.

¡Feliz cumple nenita!

sábado 26 de septiembre de 2009

El dilema

Allá por el mes de julio, la crisis llegó de golpe a la empresa en la que trabajo. En realidad no llegó de golpe, poco a poco se iba haciendo presente, pero la filosofía, hay que reconocer que un poco extraña para el mundo en el que vivimos, de los socios de la empresa en la que trabajo ha sido no sacrificar ningún puesto de trabajo mientras fuese posible. Y llegó ese punto en el que ya no había más remedio. Así que tomaron decisiones para reducir los gastos de nóminas de la forma que menos nos perjudicara a todos. A mí me propusieron una reducción de jornada, no quieren prescindir de mí porque aporto valor añadido, palabras textuales. Así que, entre forzada y contenta, acepté el horario de mañanas.

Por otro lado, este verano mi marido y yo hemos charlado mucho sobre el nuevo curso, lo que nos gustaría cambiar y conseguir. Aunque en mi interior ya lo sabía, tuve tiempo de razonar aquello que rondaba mi intuición, se me hizo la luz y el agotamiento de mi marido se me antojó profundamente real. Tenemos un horario en el que los dos trabajamos por igual, también nos encargamos de los niños al cincuenta por cien. Nuestros horarios están encajados como piezas de tetris, y cuando alguna pieza cae mal, el resto del puzle se descuajeringa. A mi marido las obligaciones del curso pasado le han dejado reventado, más que nada porque normalmente los compromisos de mi trabajo hacen que las piezas no encajen y recae sobre él el peso de cubrir mis huecos, desestabilizando su equilibrio.

Así que en pleno verano, cuando todo parece fácil, decidí firmemente que tenía que hacer lo posible para que mi marido recuperase la cordura y se sintiera plenamente feliz. Aprovechar la reducción de jornada y mi energía vital para quitarle las responsabilidades más tediosas. Encontrar tiempo para que nos dediquemos a nosotros, sin abandonar las caricias y los mimos, ni los besos y los abrazos. Ganarle espacio para que pueda disfrutar de sus cacharros tecnológicos. Estoy convencida. Quiero que sea feliz. Pero que nadie piense que soy una mujer estupenda y maravillosa, nada más lejos de la realidad, la verdad es que se trata de un plan, bastante chapucero todo hay que decirlo, con el que espero recibir algo a cambio. Sólo él sabe de qué se trata.

De vuelta a la realidad, al trabajo, los coles, al día a día… se complica bastante eso de hacerle feliz por encima de todo, decaigo en mi empeño y no me siento tan motivada como cuando tomé la decisión. Además el lunes me voy a Madrid y no será la única vez. No se ha quejado nada de nada, pero estoy convencida de que mi viaje no le hace nada feliz, el puzle vuelve a desbordarse. Creo en la conciliación laboral y familiar, pero cada vez me siento más abatida y empiezo a pensar que es imposible, en el camino siempre hay que renunciar a algo, y yo me niego, lo quiero TODO.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Pesadillas

Cada noche, cuando me encuentro profundamente dormida, en mis sueños se cuelan unos pasos ‘clap, clap, clap, clap, clap’ y esté soñando lo que esté soñando oigo una voz de esas típicas de las películas de terror que susurra ‘mamáaaaaaaa’. Un escalofrío recorre mi columna vertebral, empiezan a escurrirse imágenes espeluznantes dentro de mi sueño que inmediatamente deja de ser placentero para convertirse en una pesadilla. Sigo escuchando los pasos ‘clap, clap, clap’ que se alejan y se acercan, la voz va subiendo el volumen y también de gravedad ‘MAMAAAAAAA’. Mi corazón se acelera, empiezo a sudar, se me eriza la piel, mi angustia aumenta por momentos.

Por suerte recupero la noción de la realidad y el delirio se aleja tal y como ha venido, sin avisar. Abro los ojos, estoy en mi habitación, calma, no pasa nada, sólo era un mal sueño. Es que soy de pesadilla fácil y ya estoy acostumbrada, con el tiempo he aprendido a serenarme con más o menos rapidez. Aunque se me queda mal cuerpo y al principio me cuesta un poco distinguir el sueño de la realidad, me concentro para recuperarme, ordeno a mi corazón que deje de estar taquicárdico perdido, que se tranquilice y recupere su ritmo normal. Vamos lo de siempre. Y cuando ya me siento más relajada, me dispongo a girarme en la cama dispuesta a conciliar de nuevo el sueño. Y entonces ocurre:


AHHHHHHHH, POR DIOS, QUE SUSTO, QUE HACES TU AQUÍ?????????!!!!!!!!!!!!!!!!


Y allí se encuentra, plantado como un fantasmita al lado de mi cama uno de mis hijos, cada vez viene uno, se van turnando, y me dicen ‘mamá, one tá clanquito’ (traducción: ‘mamá, dónde está Blanquito’) si se trata del pequeño, o ‘mamá, tengo mocos’ si se trata del mayor. Este susto ya termina de rematarme, intentando parecer una madre normal y que no me noten que mis ojos giran sin ton ni son, les digo ‘ven cariño, mami te ayuda a buscar a Blanquito’ si es el pequeñito, o ‘yo te ayudo a sonarte los mocos, mi vida, y luego a dormir’ si hablo con el mayor.

A veces se despiertan y me llaman a gritos desde la cama, pero esa forma de despertarme me parece menos terrorífica que la que han empezado a utilizar esta semana, levantarse, empezar a andar por toda la casa buscándome y luego quedarse clavado al lado de la cama. Nunca lo habían hecho, ninguno de los dos. Me tienen asustada.

Cuando me acuesto para ir a dormir sólo pienso, por favor, por favor, que esta noche no se despierten, y si se despierta alguno de los dos que lo haga a gritos, como siempre.

martes 8 de septiembre de 2009

Se acabó lo que se daba

Y ahora queda la nostalgia de los días que se han evaporado con el calor.

Nostalgia de la escoba y el mocho estresados que abandoné en Canet d'en Berenguer. De los niños rebozados en arena y el agua salada de mar. De la arena fina y blanca de una de las mejores playas de Valencia. De la primera película en cine de verano del pequeñito. De la primera vez que unos niños llamaron a la puerta para irse a jugar con el mayor. De las primeras normas para practicar esa incipiente libertad. De las dos novelas que allí devoré. Del apartamento fresquito y con lavavajillas. De las cenas de bocata en la playa. De las montañas con lagos, túneles y murallas en la orilla de la playa. De la despedida de Canet. La llegada a Valencia. Deshacer maletas. Lavar ropa. Preparar maletas.

Nostalgia infinita de Puerto Pollença. Del agua cristalina de una de las playas más bonitas de Mallorca. Del amanecer cada día desde el balcón del apartamento. De los baños en el mar tras fotografiar cómo el sol asomaba sus rayos intensos. De que todos los días vinieran a limpiarnos el apartamento. De los desayunos con el señor rico. Del primer viaje en avión para los peques. De la abuelita feliz ante el piano de Chopin. Las estrellas. Del espectacular paisaje por la Sierra de Tramuntana. De leer las memorias de Isabel Allende en las tumbonas de la playa. De los paseos nocturnos con mi marido por la playa. De los extranjeros blancos y rojos que llenaban la playa. De aquella carretera con una curva de 360 grados. Del taxista que nos llevó y ¡qué pena! luego nos devolvió. De la despedida de Puerto Pollença. La llegada a Valencia. Deshacer maletas. Lavar ropa. Preparar maletas.

Nostalgia de la casita de tela en el valle de Tena en el Pirineo Aragonés. La vista de las montañas al fondo. Los nubarrones anunciando que no iba a ser fácil montar la tienda de campaña. La vista de verde y más verde. Cocinar espaguetis en el fogoncito. Montañas y más montañas. Los quebrantahuesos rondando. Los niños escalando. La fuente de la ermita de Santa Elena. Cenar con los pies helados. Conseguir la mora más grande y más rica. Los cuatro juntitos en el mismo metro cuadrado. Socorro las avispas. Cuidado las abejas. La cascada en el camino. El cuento de las mariposas desobedientes. Bocatas para comer. El desayuno en el camping. Por fin la autovía hasta Huesca. Dormir en los sacos. La piscina congelada. Los niños juegan juntos. El baño en el río. La historia de las carreras de los Chica-Chú. El cuento de la piedra viajera. Los niños subiendo y bajando por los pedruscos. El helado en Panticosa. Al pequeñito que le duele el pie. El CD de Parchís una y otra y otra vez. El mayor motivado en la montaña. Andar a kilómetro por hora. Las linternas en la cueva. La noche de Tom y Jerry enrollados en las mantas. Desmontar la tienda. Secarla y limpiarla. Despedida de los Pirineos. Llegar a Valencia. Deshacer maletas. Lavar ropa, sacos, más ropa y más sacos. Preparar maletas.

Nostalgia del Parador de Benicarló. Los primos corriendo por todas partes. Las fiestas del pueblo. La yaya y el abu felices rodeados de hijos, nueras, yernos y nietos. La mesa larguísima. Desayunar, comer y cenar. Conquistar la mejor zona del jardín para toda la familia. Un montón de tumbonas para todos. Las conversaciones con mi marido. Y un montón de toallas para todos. Otro libro más. Los primos cambiando de habitaciones. Jugar al lobo por la noche con las linternas. Uno que viene llorando porque se ha caído. Niños mezclados. Definir con mi marido las estrategias para este curso, tácticas y acciones. Otro que viene llorando porque no quieren jugar conmigo. Helados de postre. La hora de la merienda. Todo el día en bañador. Surfeando con las olas. Despedirse de Benicarló. Llegar a Valencia. Lavar ropa. Preparar maletas.

Nostalgia de los días de la conocida playa de Cullera. La primera vez que las niñas se quedan a dormir. La felicidad de mis peques al pasar un día en el parque acuático con sus primos. A la abuelita que no la dejamos tranquila. Las tormentas de verano. Las partidas de cartas por la noche. Recogemos a los primos en el tren. Los mayores cuidando de los pequeños. El trampolín de la piscina gigante. Mi hermana y yo con un montón de críos. El cumple de la prima. La luna llena. La reunión del cole. Ser la campeona indiscutible de cartas de la temporada de verano. Otros primos a dormir. Día de lluvia en la playa. Vamos a las rocas a ver cómo rompen las olas. Risas al ver cómo las olas chopan a los despistados. Otra novela más. El regreso de mi marido. Despedida del último día de verano. Llegada a Valencia. Deshacer maletas. Lavar la ropa. Colocarlo todo en su sitio.

Me niego a hacer otra maleta al menos en un año.

jueves 13 de agosto de 2009

La escoba y el mocho

Desde hace varios años, la primera quincena de agosto alquilamos un apartamento de playa cerca de la oficina. Así yo puedo trabajar con sensación de estar veraneando sin tragarme colas gigantes para entrar y salir de la ciudad, y mi marido y los niños pueden disfrutar de playa y piscina con sensación de verano en pleno apogeo. Todos los años ocurre lo mismo, en cuanto pongo el pie en el apartamento sufro una transformación espeluznante.
Mientras el dueño del apartamento me da las llaves, me comenta lo bien que se han portado los inquilinos anteriores dejando el apartamento muy aseado y en muy buen estado, que justo ayer por la tarde estuvo la chica limpiándolo y dejándolo como nuevo, y que bla bla bla… Estoy segura de que mientras el dueño me suelta la retahíla de siempre, mi marido reza para que no me lo esté tomando muy en serio, porque sabe perfectamente que estas palabras son la causa principal de mi metamorfosis veraniega. Pero sus oraciones no son escuchadas, y yo estoy atenta, muy atenta y encendida, muy encendida porque mejor que yo no limpia nadie ¡JA! Así que, en cuanto el tipo sale por la puerta, lo primero que hago es echar a mi familia de allí, agarro la escoba y el mocho, y me pongo a limpiar como una loca, sacando suciedad por todas partes, demostrándome a mí misma que la casa no está tan decente, ni mucho menos, y que yo sí que la voy a dejar resplandeciente. Entonces me entra un montón de aprensión de ver la guarrería de otros ¡buaj!, limpio más profundo y encuentro más porquería aún, y bueno, así estoy hasta que mi familia vuelve, me miran un poco suplicantes en plan empezamos las vacaciones ¿o qué? y me convencen para que suspenda la operación “como-los-chorros-del-oro”. Pero no por mucho tiempo, en cuanto volvemos de donde sea, ya estoy enganchada de nuevo a la escoba o al mocho recogiendo lo recién ensuciado.
Mi marido no para de decirme con preocupación que tengo a la escoba y al mocho estresados, que nadie los utiliza tanto como yo, que a los pobres los dejo destrozados, que cada vez que me ven llegar sufren un colapso, y todo eso me lo dice sin saber que ¡¡barro y friego a escondidas!! Ayer mismo llegué de trabajar y después de comer me puse a repasar toda la casa mientras dormían la siesta. Por la noche, cuando terminamos de cenar, envié a mi marido a que tirara la basura y corriendo, corriendo me puse a barrer de nuevo la arena que habíamos traído de la playa, las hierbas de la piscina, las miguitas de la cena… En esas estaba cuando mi marido abrió la puerta, ¡me pilló con escoba en mano!, me miró muy seriamente, yo le miré con una sonrisa intentando que pareciera de lo más natural, y me dijo que debería hacérmelo mirar por un especialista. Yo me lo tomé como qué gracioso es mi marido, pero creo que no iba de cachondeo ¿estaré volviéndome rematadamente chalada? ¿pedirá el divorcio alegando locura estacional?
Y eso que todavía no ha llegado el último día, el día del remate final, donde el apartamento tiene que quedar impecable. Ese día es mi gran triunfo, todo el esfuerzo de estos días cobra sentido y ¡por fin! obtengo mi recompensa. Cuando el dueño venga a por las llaves acompañado de la chica que supuestamente limpia, se quedarán boquiabiertos, flipando en colores y me mirarán pasmados. Todo brillará a nuestro alrededor y yo pintaré en mi cara una amplia sonrisa de satisfacción ¡Mejor que yo no limpia nadie! ¡JA!

lunes 3 de agosto de 2009

Cómo decirte que te quiero

Te quiero, con toda mi alma y con todo mi corazón, y también con conocimiento de causa. Te quiero porque puedo razonar que te quiero. Te quiero porque sé que no te necesito, porque podría vivir sin ti y seguiría siendo feliz. Te quiero porque las palabras no significan nada para ti. Te quiero porque mi inseguridad no me hace temer por nosotros. Te quiero porque un día conquistaste mi corazón con ternura, con dedicación, nunca antes fuiste tan tenaz y nunca después has vuelto a serlo. Te quiero cuando espero con más o menos serenidad tu regreso. Te quiero por mi constancia. Te quiero por nuestro esfuerzo para educar en equipo. Te quiero a pesar de tu blindaje. Te quiero porque coincidimos en los valores que forman la esencia de nuestras vidas. Te quiero por la complicidad que buscamos. Te quiero porque al principio todo lo hiciste tú. Te quiero por nuestras diferencias, porque aunque duelan, enriquecen. Te quiero a pesar de mis corazas. Te quiero porque tus caricias desmontan cualquier defensa. Te quiero por tu dedicación absoluta. Te quiero por tu mirada, transparente. Te quiero cuando mis lágrimas ya no te conmueven. Te quiero porque te ofreces. Te quiero porque somos corrientes, normales y ordinarios. Te quiero porque donde tú estás se encuentra mi hogar. Te quiero porque nunca has sabido explicarme porqué me quieres. Te quiero porque creo firmemente en nosotros. Te quiero cuando no encontramos nuestro tiempo, ni nuestro espacio. Te quiero por los escondites que guardas para mí. Te quiero porque te entregas sin condiciones. Te quiero porque mis mimos te estremecen. Te quiero porque eres accesible para todos. Te quiero porque tú sabes cómo provocar mi risa sencilla, la fácil, la que se muestra sin esfuerzo. Te quiero porque tú me haces reír. Te quiero porque te quiero y porque no puedo dejar de quererte. Punto y final.

martes 28 de julio de 2009

Tarde relajante en la playa

Cualquiera que me conozca sabrá lo mucho que anhelo disponer de unas pocas horas relajantes en mi vida, y como resulta que mi hermana tiene esa misma esperanza, el sábado pasado nos propusimos firmemente disfrutar de una de esas calmadas tardes con nuestros hijos de seis, cinco, cuatro, dos y un años. Y como estábamos en el apartamento de la abuela ¡qué mejor lugar para lograr nuestros deseos que una tarde pacífica en la playa!
Así que tranquilamente pusimos los bañadores a los cinco chiquillos intentando que no se nos escaparan a la habitación de los juguetes, con mucha calma les embadurnamos bien de crema antes de que se nos resbalaran de las manos y se largaran, agarramos las bolsas gigantes de playa que llevan de todo y pesan algo así como cinco kilos cada una, armadas de paciencia preparamos las bolsas de los cubos y las palas y las repartimos entre los peques intentando por todos los medios evitar las peleas, y por fin, muy sosegadas y muy dueñas de nosotras mismas sin gritar ni chillar absolutamente para nada, conseguimos reunirlos a todos de nuevo para salir de una vez por todas del apartamento y bajar a la playa.
Una vez que conseguimos alcanzar un trocito de orilla de playa más o menos despejado, decidimos acampar allí con todos los trastos y los cinco niños. Y lo de acampar lo digo literalmente, porque nos habíamos llevado una de esas mini tiendas de playa, que una vez instalada resultó ser más grande de lo que pensábamos, así que es posible que molestáramos ligeramente a los vecinos de trocito de orilla al robarles un poco de su espacio vital.
Conseguimos que los niños, al menos algunos de ellos, se metieran dentro de la tienda de campaña para merendar, más que nada para que le hicieran un poco de caso y a los vecinos de orilla les pareciera más que justificado el asalto en toda regla que acababan de sufrir. Duraron allí dentro unos cuarenta segundos ¡genial! y luego se lanzaron como locos con las palas y los cubos a hacer los castillos llenando de arena a todo el que estuviera a unos diez metros de ellos, incluidos los vecinos de playa, que a esas alturas empezaban a mirarnos raro.
Intentando organizar un poco la actividad playera para que aquella tarde apacible que estábamos teniendo no se volviera en nuestra contra, sugerimos hacer una montaña enorme con una piscina y murallas para que todos pudiesen meterse dentro, los cinco niños se apuntaron felices y los hijos de los vecinos del trocito de orilla también se unieron encantados. La montaña habría que hacerla un poco más grande, pero bueno, éramos muchas manos, mi hermana y yo estábamos animadas.
Los vecinos de orilla que no tenían hijos no parecían muy contentos de tenernos allí, especialmente una parejita melosa haciéndose mimos y otras cosas. Poco a poco iban cambiando de color blanco-rojo-negro, yo pensaba que se estaban achicharrando por el sol, hasta que les escuchamos decir alto y claro: “YA-NO-AGUANTO-MAS” “YO-TAMPOCO”. Evidentemente, nosotras no pensábamos movernos de allí, con todos nuestros niños y los niños de los vecinos, todos los cubos y las palas, la montaña que ya estaba a medias, la mini tienda, las bolsas gigantes y todas las camisetas, gorras, gafas, chanclas desparramadas por la arena. Ellos lo tenían más fácil, si estaban tan agobiados, que agarrasen las toallas y se fuesen… ¡Total! tienen toda la playa para elegir. Pero bueno, no debió ser para tanto, porque ni se largaron ni nada, allí aguantaron hasta más allá del final. Yo creo que terminaron por divertirse y todo.
Los niños más o menos mantuvieron la motivación por la montaña más grande de toda la playa, mi hermana se quejaba de agujetas pero estuvo al pie del cañón, mi marido llegó de refuerzo, es el verdadero rey de las construcciones playeras, los paseantes tenían que dar media vuelta a la playa porque por allí era del todo imposible pasar, así que conseguimos un formidable montículo de arena con una piscina de agua salada delante, cubierta por fuertes murallas acorazadas.
Y llegó el momento que todos los niños estaban esperando ¡¡¡¡A DESTROZAR LA MONTAÑA!!!!
Durante unos segundos que tuve para empanarme mirando en plan romántico el infinito mar y más allá, añoré un poco aquellas tardes de pareja mimosa en la playa, aunque no recuerdo haber puesto nunca mala cara a dos madres arrastrando un montón de niños que se escapan hacia todas partes y que procuran mantener la calma y parecer serenas a pesar de los pesares.

sábado 18 de julio de 2009

Gato negro, Dragón rojo, gira de Amaral

Después de unos cuantos “por faaaa, vaaaa, ven conmigo” por aquí y otros cuantos “vaaaa, si nos lo pasaremos genial, vengaaaa” por allí, conseguí convencer a mi hermana y su marido para que me acompañaran al concierto de Amaral en los Viveros revolución, este es el día de la revolución”.
Para implicarles en el tema del concierto, estuve realizando una labor de investigación a lo largo de varios días, y conseguí confeccionar una lista en Spotify con las canciones que el grupo cantaría en el concierto, todo muy legal, para que no se diga “salta, con los brazos abiertos”. Así que compartí la lista con mi hermana y su marido para que se estudiasen las canciones con tiempo y así iríamos super preparados para botar en el concierto. Vamos, que llevo más de un mes en las que sólo escucho a Amaral, “sin ti no soy nada una gota de lluvia mojando mi cara”.
Por fin, hoy ha sido la gran noche del concierto… Nos lo hemos pasado en grande, cantando, chillando, cantando, aplaudiendo, saltando, botando, cantando, bailando… Menos dos canciones, todas las demás estaban en mi lista de Spotify así que he podido cantar a grito pelado “ale, ale, ale, ale, alerta cuando camina niña perdida”. Me he desfogado de lo lindo… ni hernia discal ni garganta faringítica perdida… todo me ha dado igual… cantar y saltar… ¡¡Qué a gusto me he quedado!! ¡¡Lo necesitaba!! "vivimos tiempos crueles o a mí me lo parecen".
Yo estoy cansada, pero Eva, la cantante, debe estar reventada porque la chica no ha parado ni un segundo, y además pega unos chillidos con esa voz privilegiada que tiene y se queda tan pancha, como si tal cosa, flipante "será el poder de una canción, pero esta noche, moriría por vos". Seguramente mañana se despertará como una rosa… yo estaré todo el día sin poder emitir ningún sonido con sentido, no sé, igual susurrando se me entiende "si tienes miedo, si estás sufriendo, tienes que gritar y salir, salir corriendo". No habla mucho en el concierto, pero es que no le hace falta, la gente quería que cantara, cantara y siguiera cantando, y todo el mundo se sabía las canciones “no quedan días de verano para pedirte perdón”.
Mi hermana y su marido me han acompañado hasta casa, bueno, hasta el ascensor… es que me dan un poco de mal rollo los portales cuando vuelvo sola a casa y es de noche “son doce palabras, son doce uvas blancas”.

En cuanto he entrado por la puerta de casa he sentido la necesidad de escribir inmediatamente sobre el concierto. Bueno, en realidad lo primero que he sentido es la necesidad de ir a la lavadora, recoger la ropa tendida, guardarla, tender la ropa de la lavadora y programar un nuevo lavado para mañana “dices que sólo soy una veleta, a la que el viento se lleva sin querer”. Y luego ir a ver a mis pequeñajos que están roncando dulcemente… ¡Qué bonicos están cuando duermen! Por supuesto ir a ver si el padre de los niños estaba todavía vivo o se había desmayado en el sofá “cómo hablar si cada parte de mi mente es tuya”. Luego una ducha fresquita para atenuar el dolor de piernas, brazos, espalda, cuello… y sobretodo el tremendo calor que hace esta noche en Valencia "oh, cómo quieres que me aclare si aún soy demasiado joven".
Así que, concierto totalmente recomendado, y si alguien está interesado y tiene idea de ir a algún concierto de la gira, ofrezco la lista de canciones del concierto. Todavía retumban en mi cabeza “porque no importa el porvenir creímos en el rock and roll”.

Me voy a dormir, me caigo de sueño... y mañana los dos peques no tendrán piedad de mí... "es sólo una canción para calmar mi corazón".