La otra noche mi marido pasó uno de sus cólicos nefríticos. Yo nunca he pasado ninguno, pero dicen que es un dolor espantoso, peor que un parto, y si además lo sufre un hombre hay que multiplicarlo por diez. Se podría decir que pasamos una mala noche, especialmente él, claro. A la mañana siguiente aún se encontraba un poco flojo, y se quedó en la cama. Pero la marcha normal de coles y trabajo no perdonaba, y los niños aún menos, así que me preparé para afrontar un día complicado.
Mi esfuerzo por prepararme para el largo día fue en vano, de hecho creo que empeoró las cosas, en cuanto desperté a los chiquillos, el pequeño me detectó cansada y demasiado empeñada en que todo fuera como la seda y decidió que era el día perfecto para llamar mi atención haciendo todas esas cosas que sabe que no debe hacer. Un día conseguiré encontrar el lugar en el que mis hijos guardan los detectores de mami a punto de estallar y los desconectaré. Así que hijo con ganas de cabrear a mamá y mamá con paciencia cero era la combinación perfecta para que la mañana terminara... un poco mal. Y eso fue lo que ocurrió.
El pequeñajo no quiso dejar a sus amigos en la cama, no quiso quitarse el pijama, no quiso vestirse, no quiso hacer pis, no quiso desayunar, no quiso recoger los juguetes, no quiso ponerse la mochila, no quiso dar un beso a papá, no quiso coger las galletas del almuerzo, no quiso salir de casa. Y yo no quise respirar hondo, ni contar de cero a cien al revés, ni sonreír, ni hablarle con calma, no tenía tiempo de dedicarme a convencer a nadie, hay días en que las cosas hay que hacerlas y punto. Por eso cogí en brazos a mi-niño-lágrimas-de-cocodrilo, berreando como si estuviese poseído y gritando “quiero un beso a papá, quiero un beso a papá”, le dije que mientras siguiera gritando y llorando yo no podía entender nada de lo que decía y no podría ayudarle, agarré al mayor de la mano, por suerte ese día no tenía el detector de mamá cabreada enchufado, y salimos pitando de casa.
Una vez dejamos al mayor en el cole y nos subimos al coche, el chaval empezó a tranquilizarse y quiero pensar que también empezó a recapacitar. Entonces fue cuando se dio cuenta de que no había cogido sus galletas del almuerzo. “Mamá, las galletas”, me pidió. “Cariño, cuando hemos salido de casa estabas llorando y gritando y yo no podía hacerte caso porque no entendía nada de lo que me decías, así que las galletas allí se han quedado, hoy galletas no, otro día sí”, le respondí, y él debió entenderlo estupendamente bien porque ni lloró ni nada, aunque también puede ser que empezaba a aburrirse de llevarme la contraria.
Cuando llegamos a la guardería le expliqué a la seño porqué no había traído las galletas del almuerzo, buscando un poco de refuerzo por parte de la profe. Después de escuchar la versión de lo ocurrido, la seño muy cariñosa, le dijo “No te preocupes de nada bonico, aquí en el cole tenemos un montón de galletas, toma guapo”, y delante de mis narices le ofreció dos galletas. El peque plantó una enorme sonrisa de oreja a oreja y las cogió con cara de triunfo. Yo me encendí, pero qué puedo esperar de unas profesoras que cuando les pregunto cómo puedo trabajar la autonomía del crío me responden que qué más quiero que haga mi hijo, si come solo y controla el esfínter, ellas se dedican a darle mucho cariño. De eso no me cabe la menor duda. El año que viene, cuando vaya al colegio de mayores, será otro cantar.
El caso es que la autoridad ante mi hijo quedó enterrada a cien metros bajo el nivel del mar. Mi confianza en las profes de la guardería sufría un nuevo traspié. La profesora se quedaba más ancha que larga. Mi hijo más contento que unas castañuelas, había conseguido no completar ninguna de sus responsabilidades de la mañana y de premio… galletas.