Al igual que el resto de madres del mundo mundial, me preocupo por la educación de mis hijos, y de vez en cuando me asaltan esas terribles dudas que me hacen flaquear ¿estaré acertando? ¿lo hago fatal? ¿me equivoco continuamente? ¿alguna vez doy en el clavo? Y no por nada especial, no es que sea necesariamente insegura, pero es que tengo que estar lidiando continuamente con ellos y cuando creo que tengo ganada una batalla, basta que baje la guardia para que vuelvan a la carga y lo intenten de nuevo.
Una de esas veces que andaba un poco ofuscada, leí algo muy lógico sobre la comunicación con los hijos. No podemos pretender que cuando se encuentren con esa edad tan estupenda que es la adolescencia nos cuenten sus cosas, si en la niñez no les escuchamos. A mí me encanta comunicarme, así que me pareció que no era tan difícil y procuro
conversar con mis hijos continuamente, hablando de cualquier tema que salga a relucir.
Conversación típica y repetitiva con mi hijo mayor.
- Mamá, ¿te apetece hablar de algo? - me pregunta a bocajarro.
- Claro, cariño. - Respondo mientras intento aparcar en un lugar inaparcable llegando tarde a donde sea, o mientras intento preparar la cena en cuestión de tres minutos...
- ¿Y de qué quieres hablar? - insiste emocionado.
- ¿De qué va a ser? de los Pokémon. - le contesto semi-convencida, todo sea porque se sienta cómodo mientras se pierde en la adolescencia.
- Vale - me dice sorprendido y encantado de que coincida con su tema favorito - A ver mamá, entre kakuna y poliwag ¿quién gana?
- Kakuna - respondo, al azar claro, que no tengo ni idea de lo que me dice.
- No, mamá, es poliwag, has perdido. Inténtalo otra vez. - qué bueno es, que me da otra oportunidad y todo.
- ¿Cuál es la evolución de Rattata? - pregunta de nuevo.
- Buf, creo que voy a tener que tomar rabos de pasa, se me ha olvidado. - ¿Cómo voy a acordarme de eso si no recuerdo ni el día de la semana en el que me encuentro?
Y así comienza con su desfile interminable de nombres impronunciables, todas sus evoluciones, sus ataques y movimientos, sus tipos y fortalezas. Y puede estar así, horas y horas y más horas hablando.
Típico intento de conversación con mi hijo pequeño.
- Cariño, ¿cómo lo has pasado en la granja escuela? - pregunto a la vuelta de su excursión.
- Muy bien mami - contesta feliz.
- ¿Has visto muchos animalitos? - sé que le encantan los animales.
- No mami - contesta decepcionado.
- ¿No has visto pollitos?
- No.
- ¿Ni gallinas?
- No.
- ¿Ni cerditos?
- No.
- ¿Ni caballitos?
- No.
- Hijo, ¿dónde te han llevado? - pregunto un poco preocupada.
- A la granja escuela. - Contesta sorprendido.
- ¿Y no has visto ningún animal? - insisto.
- Sí, en una jaula.
- ¿Había jaulas? - igual no me he leído bien el papelito del cole y ha estado en el zoo.
- Con una ardilla - responde alegremente.
- ¿Y la ardilla estaba en la jaula? - pretendo llegar al fondo de la cuestión.
- No mami, estaba en el árbol - empieza a ponerse nervioso.
- Entonces ¿quién estaba en la jaula? - empiezo a ponerme nerviosa yo.
- Nadie, mamá. - fin de la conversación.
Y en seguida comenzamos con el siguiente diálogo de besugos, tras el cual llego a la misma conclusión de que no me he enterado de nada.
Yo que presumía de poder llevar una conversación de cualquier tipo, ahora va a resultar que esto de la comunicación con los hijos no es tan fácil como parecía. Si al final la adolescencia va a ser un latazo de todas formas y seguramente no me contarán nada que les inquiete de verdad, por muchas conversaciones imposibles que mantengamos en su niñez.