Siendo madre, esposa, hija, hermana, nuera, tía, cuñada, amiga, trabajadora... cómo mantenerme mujer.

jueves 12 de enero de 2012

Cómo arruinarles la vida

Acabo de acostar a mis hijos, después de los tropecientos besos y abrazos, y después de las canciones, y después de las mil y una despedidas, el pequeñito de cuatro años me suelta:

- Me estáis arruinando la vida.
- ¿Cómo es eso? - le contesto flipando en colores, pero haciendo como si me hubiese dicho que el cielo es azul.
- Porque mi vida no es esta - me contesta muy convencido.
- ¿Y cuál es tu vida, cariño? - le pregunto cada vez más sorprendida.
- Mi vida es pasar el día jugando, y en la playa, y de juerga...
- ¡Ah! así que lo que te pasa es que no quieres tener obligaciones - empiezo a comprenderlo todo.
- No, no quiero obligaciones, quiero hacer lo que me gusta - me dice tan pancho.
- Entonces me alegro de estar arruinándote la vida, porque de esta forma estás aprendiendo a enfrentarte a la vida de verdad no a la de tu imaginación - justo acabo de llegar de una de esas charlas del cole donde nos dicen que tenemos que ser exigentes y poner límites, así que hoy no me pilla.
- Es que a mi hermano le han dado las notas y no paráis hacerle caso y a mí no me hacéis caso ni nada de nada- me dice con esa cara hiper-mega-triste que sólo él sabe poner, se me cae el alma a los pies.
- ¡¡¡¡¡Aaaaahhhhhh!!!!! ahora lo entiendo todo, lo que pasa es que estás esperando recibir tus notas y estás un poco nervioso porque no sabes cómo te ha ido - en realidad lo que le pasaba es que él también quiere felicitaciones y sonrisas y mensajes positivos - pero no te preocupes, porque mañana veremos tus notas, yo confío en ti y sé que van a ser unas súper-notazas, tendremos que celebrarlo.
- Vale mami, un beso - nos damos unos besos - y un abrazo - nos damos un abrazo de oso.
- Buenas noches, chicos, hasta mañana.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Palabras de anestesista

El sábado operaron a mi hijo mayor de apendicitis. El chiquillo estaba bastante asustado, aunque intentaba llevarlo lo mejor que podía. Los niños para estas cosas siempre nos dan lecciones de vida a los mayores.
Cuando estaba en el preoperatorio dejaron que pasara para hablar y estar con él. Fue en ese momento cuando vino el anestesista para hacerme un millón de preguntas sobre mi hijo, ya que le iban a meter anestesia general para la operación. El anestesista le dijo "Contarás uno, dos, tres y te quedarás dormido, y después contaremos de nuevo uno, dos, tres y te despertarás sin apéndice" y después se fue.
Mi hijo, que le había mirado con cara de inquietud durante toda la explicación, me preguntó "mamá, ¿me van a dar una medicina para dormirme?", a lo que yo respondí que sí, y entonces me dijo "¿eso significa que van a bloquear mi sistema nervioso?"


miércoles 19 de octubre de 2011

En busca de los músculos desintegrados


Yo no sabía que mi cuerpo tenía tantísimos músculos, los fui descubriendo todos, uno a uno, en mi primera clase de pilates. Incluso hay unos que mueven las pestañas y en los que también se puede tener agujetas, es flipante.
Se nota que la profesora se cuida un montón, creo que por eso cuando me vio entrar por primera vez me miró un poco horrorizada, se dio cuenta de que tendría problemas con algunos de los ejercicios con los que había pensado destrozarnos.
Lo primero que nos enseñó fue la respiración, después de ventilarme tres veces, me dio la sensación de que había cogido una trompa de categoría y que me caería redonda de un momento a otro.
Fui haciendo las posturas que la profesora pedía, y en más de una ocasión hice tanto esfuerzo que me pareció que el estómago y el hígado intercambiaban sus posiciones dentro de mi ser. Y eso sin hablar de las múltiples rampas que arrasaron mi cuerpo.
A veces andaba un poco perdida y tuve que copiarme de mis compañeras más expertas, porque la profesora nos pedía que hiciéramos no sé qué con no sé qué parte de nuestro cuerpo.
Y todo eso debíamos conseguirlo mientras nos pedía una y otra vez que nos relajáramos. ¿Relajarnos? Esta mujer está pirada ¿Cómo podía relajarme si todo me daba vueltas? ¿Cómo conseguiría relajarme mientras me daban rampas en la espalda? ¿Cómo iba a relajarme mientras mis intestinos se enredaban? ¿Cómo lograría relajarme si no entendía la mitad de las cosas que decía? Y lo peor de todo, era imposible relajarse con mi hermana al lado, teníamos que estar pendientes de no cruzar nuestras miradas porque entonces el ataque de risa estaba asegurado, y la verdad es que la profesora no tiene mucha pinta de que le siente bien que nos tronchemos en su clase, lo cual nos daba más risa todavía, lógico.
Al final de la clase había conseguido hacer todos los ejercicios como una campeona, bueno todos no, hubo uno que mis múltiples hernias no me permitieron, cuando estábamos tumbadas y la profesora dijo "Balancea las piernas y…. ¡¡arriba!!", yo me quedé clavada en el sitio, espero que no nos pida hacer el pino puente porque entonces tendré que borrarme.
En fin, yo pensaba que los músculos de mi barriga se habían desintegrado después de los embarazos, pero no, resulta que sigo teniendo abdominales. Y no es que lo sepa porque después de cuatro clases estoy más plana que una tabla de planchar, no, estoy a mil años luz de lograrlo, en realidad lo sé porque tengo unas agujetas que no puedo ni estornudar.

lunes 3 de octubre de 2011

Conversaciones profundas

Al igual que el resto de madres del mundo mundial, me preocupo por la educación de mis hijos, y de vez en cuando me asaltan esas terribles dudas que me hacen flaquear ¿estaré acertando? ¿lo hago fatal? ¿me equivoco continuamente? ¿alguna vez doy en el clavo? Y no por nada especial, no es que sea necesariamente insegura, pero es que tengo que estar lidiando continuamente con ellos y cuando creo que tengo ganada una batalla, basta que baje la guardia para que vuelvan a la carga y lo intenten de nuevo.
Una de esas veces que andaba un poco ofuscada, leí algo muy lógico sobre la comunicación con los hijos. No podemos pretender que cuando se encuentren con esa edad tan estupenda que es la adolescencia nos cuenten sus cosas, si en la niñez no les escuchamos. A mí me encanta comunicarme, así que me pareció que no era tan difícil y procuro conversar con mis hijos continuamente, hablando de cualquier tema que salga a relucir.

Conversación típica y repetitiva con mi hijo mayor.
- Mamá, ¿te apetece hablar de algo? - me pregunta a bocajarro.
- Claro, cariño. - Respondo mientras intento aparcar en un lugar inaparcable llegando tarde a donde sea, o mientras intento preparar la cena en cuestión de tres minutos... 
- ¿Y de qué quieres hablar? - insiste emocionado.
- ¿De qué va a ser?  de los Pokémon. - le contesto semi-convencida, todo sea porque se sienta cómodo mientras se pierde en la adolescencia.
- Vale - me dice sorprendido y encantado de que coincida con su tema favorito - A ver mamá, entre kakuna y poliwag ¿quién gana?
- Kakuna - respondo, al azar claro, que no tengo ni idea de lo que me dice.
- No, mamá, es poliwag, has perdido. Inténtalo otra vez. - qué bueno es, que me da otra oportunidad y todo.
- ¿Cuál es la evolución de Rattata? - pregunta de nuevo.
- Buf, creo que voy a tener que tomar rabos de pasa, se me ha olvidado. - ¿Cómo voy a acordarme de eso si no recuerdo ni el día de la semana en el que me encuentro?
Y así comienza con su desfile interminable de nombres impronunciables, todas sus evoluciones, sus ataques y movimientos, sus tipos y fortalezas. Y puede estar así, horas y horas y más horas hablando.

Típico intento de conversación con mi hijo pequeño.
- Cariño, ¿cómo lo has pasado en la granja escuela? - pregunto a la vuelta de su excursión.
- Muy bien mami - contesta feliz.
- ¿Has visto muchos animalitos? - sé que le encantan los animales.
- No mami - contesta decepcionado.
- ¿No has visto pollitos?
- No.
- ¿Ni gallinas?
- No.
- ¿Ni cerditos?
- No.
- ¿Ni caballitos?
- No.
- Hijo, ¿dónde te han llevado? - pregunto un poco preocupada. 
- A la granja escuela. - Contesta sorprendido.
- ¿Y no has visto ningún animal? - insisto.
- Sí, en una jaula.
- ¿Había jaulas? - igual no me he leído bien el papelito del cole y ha estado en el zoo.
- Con una ardilla - responde alegremente.
- ¿Y la ardilla estaba en la jaula? - pretendo llegar al fondo de la cuestión.
- No mami, estaba en el árbol - empieza a ponerse nervioso.
- Entonces ¿quién estaba en la jaula? - empiezo a ponerme nerviosa yo.
- Nadie, mamá. - fin de la conversación.
Y en seguida comenzamos con el siguiente diálogo de besugos, tras el cual llego a la misma conclusión de que no me he enterado de nada.

Yo que presumía de poder llevar una conversación de cualquier tipo, ahora va a resultar que esto de la comunicación con los hijos no es tan fácil como parecía. Si al final la adolescencia va a ser un latazo de todas formas y seguramente no me contarán nada que les inquiete de verdad, por muchas conversaciones imposibles que mantengamos en su niñez.

domingo 28 de agosto de 2011

Visita al médico de cabecera

No sabía qué me pasaba, pero estaba convencida de que era algo grave. Podía tratarse de un problema en los pulmones, o de corazón, o qué sé yo, cualquier enfermedad definitiva. Y así dejaba pasar los días, las semanas, los meses… hasta que un día soñé que mi cuerpo me decía que me dejara de chorradas, que estaba completamente sana, como siempre. Y como yo creo en mis sueños, porque siempre me cuentan las verdades que no soy capaz de percibir durante el día, decidí dar mi brazo a torcer y fui al doctor. Entré en la consulta del médico de cabecera de turno y le expliqué mis síntomas esperando lo peor. Me miró con escepticismo, pero hizo como que me tomaba en serio, y después de examinarme, descubrió el origen de mi dolor en el pecho. Estrés.

Me relajé. Sólo es eso. Estrés. Rompí a reír. Es más, me partía de la risa. Era sólo un poco de risa tonta. Pues sí, mira, resulta que me había pillado. Quizás fuese esa decisión de encargarme de todo para que mi marido pudiera ser feliz y no se desmayara todas las noches a las diez en punto en el sofá. Quizás fuese el ritmo de vida con los niños arriba y abajo durante todas las tardes, que están reservadas para ellos. Quizás fuese el aumento de jornada laboral que había pactado con mi empresa debido al aumento de trabajo que, para respetar las tardes con los niños, me robaba horas de sueño y horas de descanso los fines de semana. Quizás fuese que todavía llevaba la sobrecarga del verano pasado en el hospital con la segunda rotura de cadera de mi tía y la venta imposible de su piso para poder pagar la residencia. Quizás estuviera relacionado con el embarazo que me hizo sentir más enferma que otra cosa y que terminó con un aborto espontáneo tras cuatro meses de gestación, para el que no me tomé ni un día de baja, no quería ni un segundo para lamentarme.

- Médico: Voy a recetarte unas pastillas que te ayudarán a reducir el estrés.
- Camaleona: No voy a tomar nada, si lo que me pasa es que estoy estresada, esto lo curo cambiando mi estilo de vida, no con pastillas.
- Médico: ¿Qué te crees? ¿Una gordita simpática que puede con todo?
- Camaleona. Pues sí. Y con esto también podré.
- Médico: Deberías ser un poco más optimista y agradecer lo que tienes.
- Camaleona: ¿Optimista? Por favor, si no existe persona más optimista que yo sobre la faz de la tierra. Y ya me he cansado de estar encantada de la vida con todo. De eso nada. Lo que necesito es dejar de ser fuerte y risueña. Derrumbarme, venirme abajo y llorar, largo y tendido, que buena falta me hace.
- Médico: Pues entonces como tratamiento te aconsejo que quedes todos los días a tomar café con tus amigas para criticar a vuestros maridos, que te vayas de rebajas y te compres cosas bonitas, que hagas un poco de ejercicio y rebajes unos kilos, que vayas a la peluquería todas las semanas… lo que quieras, pero dedícate tiempo para ti, sólo para ti.
- Camaleona: Eso me gusta más. Muchas gracias por todo.

Y me fui de allí sonriente, dispuesta a seguir sus consejos. Volví a la peluquería después de diez meses sin cortarme el pelo. Me saqué el bono para la piscina y fui algunas mañanas antes de trabajar. Me compré unos zapatos bonitos en rebajas, ni para mis hijos ni para mi marido, sólo para mí. Pero justo cuando estaba decidida a dar el paso definitivo para la recuperación total de mí misma, volver a ir de conciertos con mi hermana y su amiga, llegó una última oleada brutal de trabajo que debía terminar antes de las vacaciones. Tuve que desatender los consejos del médico y dejar aparcada mi recuperación.

Ahora que lo pienso, creo que nunca debí dejar de comer chocolate.

viernes 22 de abril de 2011

Conciliación familiar y laboral

Crecí con el ejemplo de mi madre, una mujer que trabajaba en casa día y noche, sin vacaciones, para cuidar de todos nosotros, siempre estaba ahí para lo bueno y para lo malo, es así como me inculcaron el valor de la familia, del sacrificio y de la generosidad. También crecí con el ejemplo de mi padre, trabajador noble, responsable y empedernido que siempre estaba allí donde se le necesitaba, es así como me inculcaron el valor del trabajo, del esfuerzo y de la profesión.
La empresa en la que trabajaba no daba oportunidades a mujeres con hijos que querían conciliar la vida familiar y laboral, y cuando nació mi hijo mayor me convirtieron en el último mono de todos los monos que allí había, compartiendo título con otras mujeres con hijos que habían pedido reducciones de jornada.
Así que encontré la empresa en la que trabajo ahora. En la entrevista dejé bien claro que quería responsabilidades en mi puesto y también que no pensaba renunciar a mi familia. A ellos les pareció fenomenal y desde entonces siempre han cumplido con su palabra, les he pedido aumentos y reducciones de jornada según las necesidades de mis hijos y mi marido, y han aceptado. Ellos me han pedido aumentos y reducciones de jornada según la carga de trabajo de la empresa, y yo también he aceptado.
La última novedad es que no hace falta que nos desplacemos hasta la oficina para trabajar, podemos hacerlo desde casa. La vida me ha cambiado radicalmente, las ventajas de esta nueva situación superan con creces las desventajas. Por ejemplo el día que mi pequeñajo se puso malo y no tuve que remover el mundo entero para que alguien lo cuidara, o cuando tuvieron unos días de vacaciones en fallas, se quedaron en casa conmigo mientras trabajaba. Ya no voy por la carretera como una loca porque voy fatal de tiempo para la salida del cole, hasta me da tiempo de prepararles la merienda. Todos los días como sentada en casa con un plato, un vaso y cubiertos. Incluso a veces puedo preparar la comida y comer con mi marido, y charlamos animadamente, no como antes que nos veíamos por la noche cuando lo único que podíamos hacer era caer desmayados en el sofá. Tengo tiempo, y ganas, de abrazar a mi marido. Y por la tarde ya no tengo que ir a comprar, ni poner lavadoras ni secadoras, y puedo sentarme con ellos a hacer los deberes mientras me cuentan sus cosas del cole. Incluso he vuelto a hacer tortas, magdalenas y batidos. He dejado el chocolate.
A pesar de que ahora trabajo de nuevo a jornada completa y a pesar de que ya no me queda tiempo para mis cosas, no tengo ninguna duda, creo que la conciliación es posible. Ahora sólo falta que lo crean las instituciones, y las empresas y las personas de a pie. Para que la elección entre quedarse en casa o trabajar sea totalmente libre.

miércoles 23 de febrero de 2011

Mamá, tengo miedo

Cuando mis hijos han sido más pequeños y han tenido miedo, siempre me ha resultado facilísimo consolarles. Yo les preguntaba exactamente qué les causaba tanto espanto y a partir de ahí sólo era cuestión de imaginar algo divertido. Que se asustaban de una calavera, sin problemas, soplábamos y sus huesos se deshacían y se esfumaba con el viento. Que tenían horror de una bruja, pues nada, le quitábamos la escoba y la bruja caía de bruces contra el suelo, se hacía un chichón y se iba llorando. Que se trataba de un fantasma, pues le quitábamos la sábana y de paso aprovechábamos para sonarnos los mocos antes de dormir. Que era un vampiro el que les asustaba, pues le lanzábamos un ejército de palomas y el vampiro se largaba pitando. Que venía un zombi espantoso que les quería sorber los sesos, pues le dábamos una sopita de letritas y le teníamos de lo más entretenido buscando la palabra supercalifragilisticoespialidoso. Que se morían del susto pensando en un monstruo horripilante, facilísimo, sacábamos de la chistera un conejo morado y el monstruo se caía redondo de la impresión. Y así inventaba mil formas chistosas de vencer sus miedos y terminábamos muertos de risa.
Pero ahora la cosa está cambiando. El mayor se siente amenazado por unos motivos que no tienen ni pizca de gracia, más que nada porque son los mismos miedos que en su momento yo no conseguí resolver, esos a los que les he puesto un parchecito por aquí, un arreglito por allá y un recosido por tapar. Pero superar, superar… lo que se dice superar… nada de nada. Así que ahora el chiquillo, cuando se acuesta asustado (qué curioso, siempre ocurre al irse a dormir), viene llorando diciendo que estaba pensando que nos moríamos y se quedaba solo. O que se rompía una pierna, no le hacíamos caso y ni siquiera le llevábamos al hospital. O que tenía que irse solo a otro país. Es decir, mi hijo tiene un miedo atroz al dolor y a la soledad. Y me pregunto cómo puedo ayudarle a disipar sus temores. Creo que él espera una respuesta en plan no te preocupes que nunca te ocurrirá nada malo y la vida es de color naranja (que es su color favorito), pero yo no soy capaz de mentirle. Así que cada vez que viene asustado, opto por explicarle que lo importante es la actitud positiva con la que debe enfrentarse a cualquier problema. Vamos que le respondo muy sincera, pero no le ayuda para nada. Luego lo intento con unas poesías y unos cuentos que me invento de un marciano que les hace mucha gracia. Como sigue desconsolado, le relato unas historias de risa de mis días en los campamentos de verano. Y entonces llega un momento en el que me doy cuenta de que llevo más de media hora y no he avanzado nada, así que empiezo a sospechar que me está dando gato por liebre y le envío a la cama después de un millón de besos y abrazos. Y al día siguiente… vuelta a empezar.

miércoles 26 de enero de 2011

Noches en vela

La gente pasa noches en vela cuando disfruta de verdaderas juergas morunas, o de locas noches de pasión. Otras personas, las que su situación se acerca más a la mía, suelen pasar noches en vela cuando sus hijos están enfermos. Pero yo no, mis noches en vela son diferentes, las padezco cuando mi marido está enfermo.
Recuerdo con especial cariño unas Navidades que se me ocurrió invitar a un montón de mis sobrinos a dormir a casa, en total siete niños cuyas edades oscilaban entre los doce años y unos cuantos meses. Creo que mi marido no estaba muy contento pero no me lo dijo directamente, simplemente me lo hizo saber poniéndose enfermo. Empezó con unas crisis de escalofríos, que en caso de persona normal vendrían acompañadas de fiebres altas, pero en su caso no, él las acompañaba simplemente de delirios. Y cuando estaba yo preparando la cena a los niños, mientras bañaba a los pequeños con la ayuda de mi sobrina mayor, que es un cielo de niña todo hay que decirlo, mi marido me llamaba desde la habitación y me daba diferentes consejos para ayudarme en ese trance, “no le des café a los niños”, en eso estaba pensando yo, en darles café para ponerles un poquito más nerviosos, claro. Al cabo de un rato, mientras daba de cenar a las fieras, me volvía a llamar para preguntarme “¿cómo va la partida de póker?” a lo que yo contestaba que fenomenal que nuestro hijo pequeño, que en aquel entonces tenía seis meses, iba ganando y gracias a él nos íbamos a retirar. Y cuando estaba intentando que los siete niños se fueran a dormir metidos en cuatro camas y una cuna volvió a llamarme “cariño, dónde has metido los videos de cocina”, esa sí que me dejó bloqueada, en casa no tenemos vídeos de cocina, pero es igual, le contesté que en el armario de la cocina y parece que se quedó más tranquilo. Así pasó la noche, llegué a asustarme tanto que pensé llamar a una ambulancia para que se lo llevaran al hospital.
Desde hace tres días está enfermo, tiene un poco de fiebre y le duele la garganta. Y yo desde hace tres días no duermo nada. La primera noche la pasó llamándome y lamentándose “cariiiiño” “aaaay” “oooooy” “cariiiiño” “aaaaay” “fríiiio” “dueeele” “aaaay”. La segunda noche, previa a que yo tuviera un viaje a Madrid la pasó delirando “cariño” “¿qué es ese ruido?” “hay alguien ahí” “¿quién es?” lo cual me aterrorizaba bastante, y después de estar trajinando durante casi dos horas de madrugada llevándole y trayéndole cosas para que se encontrara un poco mejor conseguí acostarme y continuó “cariño” “qué buena eres” “lo siento” “eres muy buena conmigo” lo cual hizo que me entrara un ataque nervioso de risa y empecé a carcajada limpia a suplicarle que se callara que necesitaba dormir un poco y entonces me contestó muy disgustado “si yo no estoy hablando”, ah vale, serán imaginaciones mías.
Pero esta tercera noche está siendo la mejor de las tres, no quiero ni pensar mañana. Hace una hora me ha despertado diciendo que se moría del dolor de oídos. Como yo he sufrido ese dolor y sé que es insoportable he decidido llamar al médico, que ha venido hace un momento y le ha dicho que tiene una laringitis que se cura con ibuprofeno, paracetamol y caramelos suavizantes de garganta, como es vírica, que no bacteriana, no se cura con antibiótico. Y aquí me ha dejado el médico, con mi marido cabreadísimo y despotricando porque no se lo ha tomado en serio y porque no le ha dado ninguna cura milagrosa de una sola pastilla. Bueno pastilla no, sobrecito porque las pastillas no se las puede tragar, que más de una madrugada me ha tocado salir a buscar una farmacia de urgencias para comprar una medicina y al cabo de un rato me ha tocado volver a la misma farmacia para cambiar la medicina por otra de sobrecitos.
Así que nada, aquí estoy, pasando la noche. Voy a ver si me cuelo en la cama sin que se entere y puedo dormir un poquito.

viernes 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


Este año he pasado directamente de intentar hacer treinta tarjetas de Navidad con la ayuda de mis hijos, ¿para qué? si total mis hijos y cualquier cosa relacionada con hacer algo bonito están reñidos.

Así que me he decidido por unos imanes de nevera, sólo uno por familia, claro, sino el cambio no me habría salido nada rentable.
Como no puedo enviaros uno a cada uno, ya me gustaría a mí, tendréis que conformaros con la foto y mis mejores deseos para estas fiestas.
¡Feliz Navidad!

martes 7 de diciembre de 2010

Negociaciones con los pequeños de la casa

A veces negociar con mis hijos es divertidísimo, pero otras veces me joroba bastante tener que hacerlo, especialmente cuando se trata de cosas que hay que hacer y punto, por ejemplo comer solos, recoger los juguetes, irse a dormir, hacer los deberes, vestirse solos... Como es obvio, los niños no nacen sabiendo que todas estas cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas y como hay que hacerlas, sino que es nuestra labor crear el hábito con paciencia, disciplina, y todo eso que nos cuentan siempre.
Desde que empezó el curso estoy aplicando todas las técnicas que conozco, las que desconozco y las que me invento sobre la marcha, para que mi hijo pequeño de tres años se vista y desayune en el tiempo que tiene por las mañanas. Al principio solía ponerme un pelín nerviosa porque veía que llegaba el momento de salir de casa para ir al colegio y el chaval todavía andaba por la casa descalzo y sin vestir, rondándonos a su padre y a mí, buscando la excusa perfecta para empezar a llorar.
Así que hablé con la seño que tiene este año y le avisé de que igual un día el niño llegaba al cole en pijama y con la bolsita de la ropa para vestirse en clase. La seño se resignó, pero me respaldó. Hubo un día que se hizo la hora de ir al colegio y como él sólo llevaba la ropa interior, puse en una bolsa el resto de la ropa y los zapatos y abrí la puerta de casa tranquilamente:
- ¡¡Vale chicos, que nos vamos!! Poneros las chaquetas no vaya a ser que os enfriéis.
- ¡¡Quiero vestirme!! Buaaaaaaaaaaaa – gritaba el chiquillo.
- ¡Claro que sí, cariño! – siempre nos dicen que tenemos que ser positivos – En cuanto llegues a clase coges la ropa de la bolsa y te vistes.
Con toda la calma que fui capaz, salí de casa y le di la bolsa de la ropa, él tardó en vestirse el tiempo que el ascensor tardó en llegar a nuestro rellano. Así que me dejó bien claro que está perfectamente capacitado para vestirse en un santiamén.
Pensando que ya estaba bien de tomaduras de pelo, preparé el plan de ataque definitivo, al fin y al cabo la adulta soy yo y se supone que debo tener más recursos que mi pequeño tirano. Compré un temporizador de esos de cocina y le expliqué que si se vestía y desayunaba en el tiempo que mamá marcara en el nuevo reloj, podría darme una sorpresa escondiéndose para que yo le encontrara. Además le pintaría una cara sonriente en la mano y le daría tiempo de jugar o de ver la tele. ¡¡Vamos!!, mejor no se lo podía plantear.
Y con todo este rollo estamos, lo cual hace que me pregunte si realmente vale la pena, con lo fácil que sería vestirle yo y ya está. Total, cuando tenga quince años de todas formas sabrá vestirse solo.
Pero luego recuerdo lo contentos y orgullosos que se ponen con cada nuevo logro, cada vez que consiguen hacer algo sin nuestra ayuda. Se sienten más independientes, más mayores. Y a mí me da tiempo de hacer otras cosas por la mañana. Así que tendré que apechugar y continuar con el relojito hasta convertirlo en hábito.

sábado 20 de noviembre de 2010

Manual para educar, los hermanos

Preocupados por las relaciones que se estaban creando entre nuestros dos hijos, mi marido y yo fuimos a hablar con la psicopedagoga de la guardería del pequeño. Más o menos vino a decirnos (o eso entendimos) que debíamos intentar no intervenir en sus peleas principalmente por dos motivos: porque así ellos aprenden a resolver sus problemas y porque si intervenimos seguramente seremos injustos con alguno de los dos o incluso con los dos.
Así que, después de aquella esclarecedora reunión, nuestra actitud frente a sus altercados fue la cara de pez. Cuando los dos están en la habitación jugando, mi marido y yo tenemos que encadenarnos a las sillas del comedor para no correr a la habitación a separarles. Así que nos quedamos en plan impasibles, como si no escucháramos los gritos, los llantos o los trompazos. Y ¡¡funciona!!, al cabo de cinco o diez minutos de peloteras, empiezan a jugar juntos ¡¡sin discutir!! es más ¡¡colaborando!! y así pueden estar al menos un buen rato, el suficiente para que podamos descansar durante un rato de la tensión.
Hasta que hace unas semanas, el pequeño estaba dando morcillas al mayor como siempre y el mayor perdió los papeles como siempre y le empujó de tal forma que la cabeza del pequeño fue a parar contra el canto de la cama, con brecha y sangre incluidos... Así que los cuatro nos fuimos corriendo a urgencias y le pusieron unas grapas que el pequeño lucía encantado de la vida. Cuando explicábamos el origen de las grapas a todo el que preguntaba:
- Ha sido sin querer, no te preocupes - decía todo el mundo dirigiéndose al mayor para que no se sintiera mal.
- No, si yo lo he hecho adrede - respondía el mayor muy tranquilo y convencido.
- Cariño, ¿has empujado a tu hermano adrede para que se haga daño? - preguntaba yo sorprendida.
- Bueno, no. Cuando he visto la sangre me he arrepentido.

A pesar de que pensamos que está genial lo que dijo la psicopedagoga, hay que reconocer que ahora intervenimos un poco más, que la verdad es que no nos apetece volver a correr a urgencias con una cabeza ensangrentada. En realidad ya nos tocaba, porque con un chico de seis años y otro de tres, nunca habíamos tenido que ir por accidentes al hospital, creo que estábamos fuera de la media nacional.

domingo 31 de octubre de 2010

Pasos más cortos y brazos más largos

Desde que tengo hijos mis brazos han crecido, y no es una forma literal de expresar que llego a todas partes. Es cierto que he desarrollado ciertas capacidades y que a veces parezco un pulpo con un montón de patas que se alargan para coger ocho cosas a la vez. Pero no, en esta ocasión me refiero a que, de verdad, físicamente me han crecido los brazos. He llegado a la conclusión de que es algo que nos ocurre a todos los que tenemos hijos pero nadie nos lo advierte, entre otras cosas porque nadie, hasta el momento, había descubierto el motivo por el que los brazos crecen milímetro a milímetro sin que podamos percatarnos, a una edad que los huesos empiezan a encogerse.
Pues yo lo sé, y además desde hace tiempo. Por lo menos, por lo menos un año. Fue un día que iba andando por la calle con mis hijos. Hay veces que vamos hablando de nuestras cosas, una conversación a tres bandas, y hay otras veces que vamos callados y ensimismados.
Este día cada uno iba concentrado en sus pensamientos. Yo andaba contando los minutos que nos quedaban hasta llegar a la piscina. Mi hijo mayor debía andar por alguna nueva galaxia que acababa de descubrir donde podría construir montañas rusas con loopings imposibles, sus palabras más o menos eran algo así como "fsssssbrrrg llllfffffhhhhhh mmmnnnnn pffsssssssshhhhh ñiuuuuuu", mientras su mano hacía de nave espacial siguiendo el camino de algún alienígena. Mi hijo pequeño debía andar machacando algún lo-que-fuese-en-general, a ser posible que hubiese construido su hermano que siempre es más divertido porque así llama su atención, sus palabras más o menos eran algo así como "brrrrrmmmmmm prrrrrommmmm fffiiiuuuuu grrrrammmm" mientras su puño hacía de martillo destructor y plantaba su sonrisa más encantadora. Entonces la situación se fue agravando. Yo andaba más rápido porque los minutos no me sumaban lo necesario para llegar a tiempo. Mi hijo mayor, ajeno a mis prisas, transportó el resto del cuerpo a la montaña rusa que acababa de fabricar, corriendo hacia delante y hacia atrás, girando para un lado y para otro. Mientras que mi hijo pequeño, absorto en su escabechina, convirtió su cuerpo completo en mazo demoledor, saltando sobre cada baldosa de la acera y dejándose caer como si en ello le fuese la vida. Y claro, les he dicho mil veces que por la calle tienen que ir cogidos de mi mano, alguna vez hasta he tenido que aplicar técnicas psicopedagógicas y todo para que no vayan como locos por ahí. Así que ahí estaba yo, andando cada vez más deprisa, y allí estaban ellos saltando y corriendo sin soltarme la mano. Y lo sentí, fui consciente de que, aquella tarde, mis brazos se alargaron por lo menos medio milímetro, eso es así cada vez que salimos a la calle. Entonces lo supe, un día me convertiré en mamá mono.

lunes 25 de octubre de 2010

Carta para ti

¡Hola papi!
Tengo tantas cosas que contarte. Te echo de menos, cada día de mi vida desde hace diez años, cada vez que veo a mis hijos y me doy cuenta de que sólo podrán conocerte a través de mis palabras. Y para que puedan aprender de ti, les cuento tus historias. Que eras el hombre más caballeroso y elegante. El más generoso, siempre te las apañabas para prestarle dinero a quien lo necesitaba. Organizándonos a todos, o intentándolo. Jamás levantabas la voz, no te hacía falta con aquellas frases célebres que soltabas a bocajarro, cualquiera te llevaba la contraria. Eras el hombre tranquilo, paseabas con parsimonia, creo que nunca te vi correr. Todo el mundo acudía a ti buscando consejo, en cuántas ocasiones me habría gustado tenerte a mi lado. Te sentías el hombre más afortunado del mundo, siempre nos decías que querías para nosotros una vida tan feliz como la que tú habías recibido. Amabas a tu familia por encima de cualquier otra cosa, te encantaba vernos reunidos, entre risas y bromas. También adorabas tu trabajo y todos te respetaban, empleados, clientes y proveedores, aunque al final ya estabas cansado y le pusiste fecha a tu jubilación, nunca llegaste a vivir ese momento. Tú siempre estabas atento y pendiente de que estuviéramos bien, aún sin decir nada lo sabíamos. Yo era tu flor de estufa, tu personita delicada, tierna y sensible, y te sorprendías con las firmas de mis amigos a la vuelta de los campamentos diciendo que mi energía para la juerga no tenía fin. Amabas la vida y lo demostraste luchando durante dos meses como un jabato, y menudos dos meses que pasamos en el hospital, ahí se demostró que mamá y tú lo habíais hecho muy bien. La mamá, sus hijos, nueras y yernos hicimos una piña y no permitimos que la situación pudiera con nosotros, nos sosteníamos entre todos y echamos mano de ese sentido del humor que hemos mamado desde pequeños, te habrías sentido muy orgulloso al vernos tan fuertes a tu lado, incluso en el mismo momento de tu muerte. Siempre estabas en todas partes apoyando a tu familia, a tus amigos. Todo el mundo te quería y te respetaba, lo sospechábamos, pero se hizo real el día de tu entierro, aquella lluvia torrencial, inundaciones incluidas, pero nadie faltó, allí estaban todos para despedirse, para abrazarnos, para apoyarnos. Hicimos lo que siempre pedías entre bromas para tu muerte, celebramos una fiesta, sólo te fallamos un poquito porque ninguno se atrevió a echar tus cenizas sobre la mesa de tu jefe, eso pesará siempre sobre nuestras cabezas.
Y desde entonces, cada año acudimos al cementerio, ponemos una flor nueva, pasamos un rato de risas que abrazan a la mamá y nos abrazan a nosotros y luego nos vamos para echarte de menos otra vez.

viernes 1 de octubre de 2010

Mensaje para los fabricantes de zapatos


Una de dos, o llega mi mensaje urgente a todos los zapateros, o me pongo en huelga de pies descalzos y a partir de ya mismo dejo de comprarlos. Es que se han empeñado en que las mujeres usamos zapatitos. Así que, para una mujer hecha y derecha como yo, que adora los zapatos y que calza nada más y nada menos una 42, es com-ple-ta-men-te-im-po-si-ble comprar zapatos como churros, que es lo que a mí me gustaría, seguro que hasta podría sacarles de la crisis y todo.
¿Y por qué es tan complicado? Punto número uno, porque no hay zapatos de esa talla en ninguna tienda que se precie de moderna. Punto número dos, porque tengo que irme a zapaterías especializadas de tallas grandes, una minoría en comparación con las otras. Punto número tres, porque en esas tiendas hay unos zapatos horripilantes de súper abuela. Punto número cuatro, porque en esas tiendas que tienen esos zapatos tan poco favorecedores, además te cuestan un dineral. Punto número cinco, total, si cueste lo que cueste igualmente voy a cargármelos en dos días, que luego me quejo de mis hijos porque con sus súper poderes destrozan los zapatos en un mes, pero debe ser algo que se lleva en los genes, supongo.
Con cada comienzo de una nueva temporada, llega también un nuevo martirio para mí. Al principio tengo una idea de lo que me quiero comprar, algo que he visto en alguna revista o lo he visto en otros pies de carne y hueso. Voy entrando en cada tienda, echando un vistazo a verdaderas maravillas y cuando encuentro justo lo que quería, pregunto por mi talla. Ese es el momento en el que las dependientas de pies corrientes me devuelven a la realidad después de mirarme con retintín o compasión. Poco a poco voy desanimándome y bajando el listón de mis deseos, hasta que al final termino, como siempre, en una de aquellas tiendas especializadas que tienen zapatos feos como ellos solos, pero más o menos grandes y cómodos, y carísimos.
Con la llegada del otoño decidí dar una nueva oportunidad a mis pies y la ilusión de este año es hacerme con unas botas de agua, de esas que llevan floripondios, para que mis hijos alucinen en colores, y aprovechar para no mojarme los días de lluvia o de piscina. Y otra vez el mismo rollo de siempre. Ya estaba empezando a sentir el fracaso llamando a mi puerta, cuando entré en una tienda de esas gigantes con las cajas de zapatos apiladas y montones y montones de modelos. Por no auto-ponerme los dientes largos, fui directa a la dependienta y le pregunté si tenían barcos gigantes. ¿Barcos gigantes? me preguntó boquiabierta. Sí, zapatos de la 42, le contesté intentando parecer muy seria y convencida. Y cuando estaba esperando la típica miradita de pena de siempre, la chica me dijo que reciben todos los modelos en la talla 42…  ¡¡¿¿la 42??!! ¡¡¡¿¿todos los modelos??!!! Así que me tiré dos horas probándome todos los zapatos ¡¡baratitos!! Y además van a recibir botas de agua ¡¡también en la 42!! ¡¡yupiii!!

viernes 10 de septiembre de 2010

Momentos contra la rutina

Nadar en la piscina mientras la luna vigila mis brazadas desde lo alto del cielo. Las cosquillas que me hace el pelo al acariciar mi espalda desnuda. Sentir la arena mojada escurrirse entre las yemas de mis dedos. El perfume  del azahar mezclado con el mar. Devorar libros. Mi hijo mayor también devora libros. La ilusión reflejada en su rostro cuando por fin consigue "leer con la mente". Mis pequeños hombrecitos rebozados en arena, como si fuesen deliciosas croquetas. Pintar mis uñas con purpurina dorada y verde, para escuchar los piropos de mis hijos. El sabor salado de mi piel y de la suya. El grito de guerra del pequeño mientras destroza los castillos de arena ¡Hulk, aplasta! Tener el apartamento alquilado más limpio que una patena. Luchar contra las olas del mar subidos en una colchoneta y morir de la risa en el intento. Los amigos de los críos durmiendo en casa. Los churros del desayuno. Comer bien todos los días. El orgullo del pequeñito que nada en la piscina sin manguitos. Cenar en la playa. La arena fina entre los dedos de mis pies. Recoger mi pelo en una coleta. Cambiar de pendientes cada día. Acariciar su espalda. Ir en bañador y chanclas todo el día. Mi piel dorada por el sol. La brisa del mar cuando el viento sopla del levante. Siete primos en tres camas, un sofá y una colchoneta. El concierto de Alejandro Sanz ¿qué se había tomado? El regalo de sus padres, los dos días más relajantes de todo el año. Jugar al parchís, a las cartas, al quién es quién y al monopoly. El color de sus ojos cuando el sol y el agua se enredan en su mirada. 
Es la colección de momentos que he recogido para luchar contra la rutina que llega a pasos agigantados.

este es el diario

de una madre, esposa, hija, hermana, nuera, tía, cuñada, amiga, trabajadora... que intenta seguir siendo y sintiéndose MUJER